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Cortes de cabello

Anjad, acompañaba a Lucía a las cercanías de su cortijo, calculando que eran no vistos, hasta que fueron asaltados, por secuaces de Casio. La luna, chillaba enjaulada en una camisa de fuerza cuando Anjad, fue apaleado, apedreado, fustigado y encarcelado en una mazmorra, condenado a muerte, a la horca, en cuanto diese sus primeros bostezos el alba. El viento, lloriqueaba muerto de miedo abrazado a los olivos, cuando Lucía fue Cortes de cabello y recluida, en los sótanos de una ermita abandonada a las afueras de Sevilla, repudiada, condenada a morir de hambre, de sed, desesperación, de amor. Llevando en sus hombros el desprecio de su padre, llevando en su corazón la entrega superlativa de Anjad, carcomiendo la soledad injertada en su piel, aliviándose con los recuerdos de él, las pústulas de la crueldad. La ortiga se relamía obscenamente. El cardo se quedó agonizando una escarcha condensada, la dalia sufrió neurosis, suicidándose en un estanque, la albahaca se quedó muda entre los escalofríos de su inconsciencia. La tierra, se fue resecando, al no quedarle más lágrimas que llorar.

Anjad, se arropaba con la sonrisa de ella en sus entrañas, meciéndose con la voz de Lucía enroscada en sus orejas, anestesiando las heridas con los mimos que todavía estaban frescos en su piel, sedimentos de ella en él. Tortura del miedo en su mente, por el porvenir de la niña de sus pupilas. Estremecimientos de la angustia, por no estar con ella, sosiego en sus dolores, al proyectarse en su calidez, su sonrisa, en todo lo que el amaba, toda fuente.

La luna alumbró la mazmorra, guiñándole un ojo al destino, flirteando con la esperanza, retozando con la fe, recomponiendo las cicatrices. Ay, luna, luna, lloraras al compás del soniquete. La ortiga va afilando los machetes.

El viento, suspiró desde la rabia, desde un corazón que carecía, desde el firmeza, desde su audacia, desde su razón. Abriendo la puerta de las mazmorras y acallando los grilletes, irritando su furia para regalar abrazos. Ay, viento, viento, te enroscaras roto entre la hojalata. La ortiga ya prepara la guadaña enajenada.

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