Zoofilia gay

Escrito por Ladeclaracion 22-02-2015 en acaba. Comentarios (0)

La tensión se respira en el aire. Observo como los bolígrafos disparan tinta a todo tren con el fin de ganarle al tiempo unos segundos, tal vez cruciales y dar las últimas pinceladas al papel del que depende gran parte de los futuros que aquí se forjan. Todos mis compañeros tienen los ojos hinchados, unas ojeras profundamente marcadas y bostezan de cuando en cuando, dejando escapar leves suspiros casi inaudibles. Por mi parte, tras el último vistazo al examen, he decidido que la suerte está echada y ya nada me impide marcharme. Entrego el examen, recojo mi abrigo, los apuntes, la cartera, el móvil y los cigarrillos. Ya en la puerta, dejo que mis ojos visualicen el ultimo vestigio de lo que han sido dos meses de estresante estudio y al pasar el umbral de la clase siento que el tiempo se desdobla y que un mundo de posibilidades toma forma ante mi en los pequeños Zoofilia gay. 

De camino a casa dejo que el sol matice mi piel, que ha ido adquiriendo un color “moreno flexo” y devuelva el brillo a mis ojos, cansados aunque felices al saberse libres de otra noche de lectura y aprendizaje a marchas forzadas. Miro tranquilo el caminar de la gente, demasiado ocupada en cumplir con su cruz como para fijarse en un mero observador. Mi barrio no es gran cosa, ni siquiera peculiar. Se podría decir que es un barrio cualquiera, pero tiene una diferencia, que es mi barrio. Llevo 2 años recorriendo las mismas calles, leyendo los mismos rótulos de sus tiendas, incluso viendo la misma gente, pero es lo bueno de mi barrio, porque al cruzar una calle por la que hace tiempo que no pasaba descubro algo que me llama la atención y es que mi barrio sigue teniendo la capacidad de sorprenderme. 

Absorto en estos pensamientos me descubro en casa y, al girar la llave de la puerta se rompe el encanto del momento, devolviendo al pequeño periodista al mundo de las historias no resueltas, inacabadas o pospuestas por el inminente periodo de exámenes. Hago recuento, ordeno, clasifico y me dispongo a hacer frente a mis asuntos, más por necesidad que por ganas, para disfrutar plenamente del merecido descanso. Tres lavadoras, una compra semanal, pagos de recibos y deudas varias, siete llamadas telefónicas explicando que sigo vivo y que he salido de mi coma vegetativo-estudiantil y trescientas promesas de café, cena o desayuno pre-cotilleos más tarde, respiro profundamente y dejo que el sueño me venza, con la fugaz ilusión de una pequeña siestecita antes del almuerzo, ilusión intensa pero breve, puesto que mi compañero de piso acaba de poner música “chunta-chunta” a todo volumen.


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